25 mar. 2014

Olvídense del fútbol, les voy a hablar de Alberto.

Alberto es natural de Pamplona y lleva trabajando desde los dieciséis años en una de las mayores empresas del mundo.  Ha peleado mucho, pero justo cuando está a punto de superar los cuarenta un día complicado en el curro le ha provocado ser odiado por todos. Su empresa es el fútbol, y su trabajo ser árbitro. 

El pasado Domingo Madrid y Barça le pusieron una vez más a prueba, el veterano Alberto debía estar a la altura y tras el pitido final el disconforme público ha volcado sus iras sobre él. Tres penaltis y una tarjeta roja tienen la culpa, y equivocado o no, sus decisiones no se pueden cambiar. Quizás otro lo podría haber hecho mejor, pero con tal trayectoria a sus espaldas no es descabellado pensar que Alberto hizo lo que más justo creyó a su juicio.

Podríamos hablar de la desaparición sobre el campo de Cristiano y Bale, o del codazo de Cesc a Pepe y el posterior pisotón a este de Busquets, que se ha hablado, pero no tantísimo como del juez del encuentro. Estos son solo algunos ejemplos de cómo absolutamente todos se equivocan, porque son personas como la que escribe este texto o como quién lo lee.

Ver cómo una cámara de televisión persigue a Alberto Undiano Mallenco por la calle, vigilándolo cuando entra y sale de su casa, leer ristras de artículos criticando su trabajo al detalle o hasta escuchar compañeros de empresa pedir que no vuelva a compartir césped con ellos puede que sean las gotas que colman el vaso del dramatismo.

Olvídense del fútbol y piensen en algún momento en el pobre Alberto.

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